domingo, 9 de marzo de 2014

PRIMER DOMINGO DE CUARESMA, CICLO A

El miércoles, con la imposición de la ceniza, comenzábamos el tiempo de Cuaresma, cuarenta días que nos proponen iniciar un camino de renovación de vida, de conversión, de volver a Dios nuestro Padre, tiempo que nos prepara para celebrar con un corazón limpio y una vida renovada las fiestas de Pascua. El Señor nos llama a convertirnos, a transformar nuestras vidas para acercarnos de verdad a él y vivir más intensamente su amor. En este primer domingo de Cuaresma la Palabra de Dios nos muestra, su fuerza para hablarnos de reconciliación. Dios frente a nuestros pecados, nos ofrece su bondad, su misericordia y su paciencia infinita. Nos regala, el arco iris de su amor para recordarnos su alianza, para recordarnos que Él estará con nosotros y nos acompañará hasta el fin del mundo.

En las lecturas de hoy 
vamos a ver una vez más, cómo el hombre, ya desde el principio de la Creación, se alejó de Dios. Pero no olvidemos lo que las lecturas nos recuerdan a continuación: Jesús saldó esa cuenta del hombre con Dios. Es decir; Jesús dio la vuelta a la humanidad. Eso no quita para que, como el evangelio de este día, se nos recuerde que tengamos que estar atentos para no separarnos del Señor.

La Primera Lectura (Gen. 2,7-9; 3,1-7) nos recuerda como nuestros primeros padres no obedecieron a Dios y prefirieron dejarse llevar por las tentaciones. Nosotros debemos aprender de ellos a ser más fuertes en nuestra fe.

En el Salmo 50, "Misericordia, Señor, hemos pecado" nos encontramos frases fuertes y dramáticas que quieren mostrar con toda seriedad el límite y la fragilidad de la criatura humana, su capacidad perversa para sembrar el mal y la violencia, la impureza y la mentira. Sin embargo, el mensaje de esperanza del «Miserere», que el Salterio pone en labios de David, pecador convertido, es éste: Dios «borra», «lava», «limpia» la culpa confesada con corazón contrito.

En la Segunda Lectura (Rom. 5,12-1) San Pablo hace una comparación entre Adán, el ser humano pecador y Jesucristo, el ser humano santo. Por medio del pecado de Adán todos nos constituimos en pecadores, pero por medio de Jesucristo hemos sido salvados. Y se realizó así porque Dios tiene un plan de salvación al que están llamados a participar todas las personas que se abren a su Palabra salvadora y liberadora.


El Evangelio (Mt 4,1-11) nos muestra que después de su bautismo, y antes de iniciar su vida pública, Jesús es conducido por el Espíritu al desierto para prepa­rarse para su misión. En esa ocasión, es tentado por el diablo sobre las tentaciones más frecuentes del ser humano: el poder, la vida fácil, el sensacionalismo y el afán desmedido de posesiones y riquezas. Jesús sabe rechazar cada una de las tentaciones y es fiel al Proyecto y a la misión que se le ha encomendado en medio de su pueblo.

Hermanos, empezar la cuaresma significa arriesgarnos a entrar con Jesús en el desierto, es decir dentro de nosotros mismos, para dejarnos iluminar por su Palabra y por su ejemplo, venciendo las tentaciones y rompiendo con todo aquello que nos ata al pecado. La vida es una constante lucha contra todo aquello que nos aparta de Dios. Que el tiempo de cuaresma que hemos iniciado nos ayude a caminar, a encontrarnos con Dios y a transformar nuestra vida.

Llévame a un lugar donde pueda estar conmigo mismo,
donde Tú puedas habitar conmigo.
En el que, cara a cara, puedas colocar 
a Dios con la misma fuerza, que Tú 
lo tienes clavado en tu corazón.
¡Apártame, Señor!
Porque tengo miedo a dejarme llevar, 
por la corriente del “todo vale”.
Porque tengo miedo a perder de vista 
el horizonte la bandera de la Pascua ondea.
Porque, simplemente Señor, pocos me hablan de Ti,
y muchos dicen no conocerte.
¡Apártame, y llévame a ti, Señor!
Amen.

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