domingo, 5 de abril de 2015

DOMINGO DE PASCUA DE LA RESURRECCIÓN DEL SEÑOR.

¡ALELUYA, ALELUYA! 
¡EL SEÑOR HA RESUCITADO!

¡Cuanta alegría! ¡El Señor está vivo! ¡Murió y resucitó por ti, por mí,por todos y cada uno de nosotros! Alegraos, hermanos ¡Jesús ha resucitado! Anoche celebrábamos la Vigilia Pascual, y esta Misa de Pascua es claro eco de ella. El mensaje de hoy es: “No busquéis entre los muertos al que vive”. ¡Dios lo ha resucitado! Ya llega nuestra alegría, es tiempo de resucitar, de salir de la noche, de liberarnos de tantas esclavitudes como nos oprimen. La Resurrección de Cristo nos dice que ya todo es esperanza. Aceptemos de verdad el anuncio de la Pascua, que da paso a ese rayo de luz que trae la buena noticia, y sobre todo pidamos a Jesús Resucitado que nos ayude a remover la losa que paraliza nuestra alma y nos libere del peso que nos aplasta el corazón. 

Hoy veremos a un Pedro contento de predicar la resurrección de Jesús y, sobre todo, escucharemos como dice: el Padre lo ha resucitado. San Pablo, en la segunda lectura, nos recordará que Cristo es nuestro tesoro y que nuestros corazones han de estar donde está él. Finalmente, en el Evangelio, contemplaremos como Magdalena, Pedro y Juan son sorprendidos por el anuncio del ángel: ha resucitado.

En la Primera Lectura (Hch 10, 34a. 37-43) Pedro expone, en síntesis, los datos fundamentales de la historia de Jesús. El núcleo principal del discurso se centra en su muerte y en su resurrección. Los apóstoles dan testimonio de su experiencia. La fe de la Iglesia se cimienta en la resurrección de Cristo. Sin la resurrección no hay fe ni Iglesia.

Con el Salmo (117) "Este es el día que actúo el Señor, sea nuestra alegría y nuestro gozo", expresamos nuestro gozo, nuestra alegría. El Señor ha resucitado. La diestra del Señor es poderosa,dice el salmo de hoy, la diestra del Señor es excelsa. No he de morir, viviré para cantar las hazañas del Señor. Esta exclamación esperanzadora hemos de hacerla nuestra y afirmar gozosos que también nosotros viviremos para proclamar el poder imponente del Altísimo, su amor inefable. Y así, aunque el peso de nuestros pecados nos llene de pesar y de temor, tengamos una gran fe en Jesús que ha triunfado, y nos hace triunfar a nosotros, sobre la muerte y sobre el pecado.

En la Segunda Lectura (Col 3, 1-4) el apóstol Pablo, en su carta, pone en evidencia que nuestra incorporación a la muerte y resurrección de Jesucristo por el bautismo nos exige un cambio radical en nuestras vidas, en nuestro comportamiento y en nuestras actitudes.

En el Evangelio (Jn 20, 1-9) Juan nos narra la fe de los primeros testigos al encontrar vacío el sepulcro en el que había sido depositado el cuerpo muerto de Jesús. El sepulcro vacío es un signo que exige la fe, y nos recuerda las palabras y promesas de Jesús que los apóstoles no habían acabado de comprender. La muerte ha sido destronada; la vida ha vencido para siempre. Dios acaba de dar sentido al dolor, a la pasión y muerte de su Hijo. 


Con la resurrección de Cristo cobra sentido nuestra fe. Ahora, es el tiempo de vivir como hijos de un mismo Dios. Ojalá nada ni nadie pueda ya enturbiar nuestra vivencia profunda de la muerte y resurrección del Señor. Somos llamados a vivir en fraternidad y a ser testimonio del amor infinito de Dios.


" Señor haznos experimentar la alegría de tu luz, ayúdanos a ser portadores de esa luz, con el fin de que, a través de la Iglesia, el esplendor de tu rostro entre en el mundo y esté presente todos 
los días de nuestra vida"
¡FELIZ PASCUA!

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