domingo, 10 de agosto de 2014

XIXº DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO. CICLO A

Celebramos hoy el XIXº Domingo del tiempo Ordinario, en este día, el Señor nos reúne, de nuevo, para escuchar y llenarnos de su Palabra. Una vez más, será un mensaje lleno de esperanza. De ahí que resonarán con fuerza las palabras de Jesús: “Ánimo, soy yo, no tengáis miedo”. Y es que con Él todo es diferente; su presencia transforma las situaciones más complicadas y difíciles de nuestra vida. Él es la garantía para cuantos se le acercan y le acogen con un corazón sincero y abierto. No podemos olvidar que él,Jesús, es el rostro visible de Dios, es Dios hecho hombre. Él nos dirá que Dios se manifiesta en lo pequeño, en lo sencillo, y no precisamente en lo grandioso y espectacular, como a veces nos gustaría a nosotros.

Creer en Dios es pedirle, con todas nuestras fuerzas, que salga a nuestro encuentro en toda situación, límite, dificultades, alegrías y penas. Las lecturas de hoy tienen algo en común: el que cree ha de fiarse y dejarse llevar por la mano del Señor.

En la Primera Lectura (1 R. 19, 9a. 11-13a) perteneciente al Antiguo Testamento, se nos presenta al profeta Elías que quiere escapar de Israel, aquel pueblo que olvida al Dios de la Alianza, acercándose peligrosamente a otros dioses. El profeta, en su soledad, quiere descubrir a Dios pero, con sorpresa, descubre que Dios no es algo majestuoso y que se impone por la fuerza. Más bien, es como un susurro que se le encuentra en el silencio.

El Salmo (84) "Muéstranos, Señor, tu misericordia y danos tu salvación" procede de los días de la persecución de Antioco. Y es, sobre todo, un canto ilusionado y esperanzado ante la misericordia divina, a la que el pueblo expresa toda su gratitud. Nosotros, también, aquí y ahora, debemos reconocer al proclamar el salmo que Dios es justo porque es bueno.

En la Segunda Lectura (Rom. 9, 1-5) el apóstol Pablo vive el drama de su pueblo, porque comprueba que los hijos de Israel no han querido reconocer a Jesús como Mesías. Esta situación le lleva a vivir entregado a sus hermanos, para que puedan descubrir lo que él mismo ha experimentado. Una tarea difícil y complicada, pero que muestra la hondura humana de este gran apóstol. 


En el Evangelio (Mt 14, 22-33), se nos presenta una manifestación extraordinaria de Jesús. Él viene a hacer presente al Dios de la Vida, que todo lo hace nuevo. En esta ocasión se manifiesta en el mar: calma la tempestad y enseña a saber afrontar sin miedo el riesgo de creer. El creyente sabe que Cristo está siempre presente en su caminar; hay, pues, motivos para la confianza.


Hermanos en la liturgia de hoy hemos escuchado unas palabras cargadas de fuerza que ofrecen una enorme seguridad: “¡Ánimo soy yo, no tengáis miedo!”. Estas palabras han sido pronunciadas para cada uno de nosotros, y son una invitación de Jesús: Os lo repito: “¡No tengáis miedo!” No tener miedo a vivir mi fe en la sencillez; no tener miedo a manifestarme cuando creo que debo hacerlo, siempre desde el respeto y la tolerancia a los otros; no tener miedo de ir contracorriente. “¡No tengáis miedo!” Jesús, el Amigo fiel, te acompaña, nos acompaña,y camina siempre a nuestro lado.


Tus ojos me miran, Señor.
Y,si me miran, nunca fracasaré,y, si me siguen, 
nunca me apartaré de Ti, y, si me miran, no tendré miedo.
Tus ojos me miran, Señor.
Porque me quieres y me proteges, porque me guías y me alcanzas, porque me proteges y me diriges.
Tus ojos me miran, Señor.
Para que no me ahogue en mis debilidades, para que no tenga miedo frente a las dificultades,para que, mirándote, como Tú me miras no mire al fondo del abismo sino al horizonte.

Amén.

viernes, 8 de agosto de 2014

CONOCE LA VIDA DE LOS SANTOS, HOY SANTO DOMINGO DE GUZMÁN, FUNDADOR.

Nació en Caleruega (España), en 1170. Eligió la vocación del sacerdocio y fundó la orden de Frailes Predicadores o Dominicos en 1217. 

Era todavía estudiante cuando se le nombró canónigo de la Catedral de Osma. El santo vivía en comunidad, bajo la regla de San Agustín. Cuando Diego de Acevedo fue elegido Obispo de Osma hacia el año 1201, le sucedió en el cargo de prior del capítulo. El obispo y Domingo fueron a Roma a pedir a Inocencio III que los enviase a predicar el Evangelio a los cumanos en Rusia. 

El Papa los exhortó para que consagraran sus esfuerzos a luchar dentro de la cristiandad por desarraigar la herejía. Domingo y el obispo pasaron después por Citeaux, a cuyos monjes había encargado el Papa que lucharan contra los albigenses. En Montpellier se reunieron con el abad de Citeaux y otros dos monjes, Pedro de Castelnau y Raúl de Fontefroide. El sistema albigense se basaba en el dualismo del bien y el mal. A este último principio opuesto al bien, pertenecía la materia y todo lo material. Por ende, los albigenses negaban la realidad de la Encarnación y rechazaban los sacramentos.

En 1206, el día de la fiesta de Santa María Magdalena, Domingo fundó en Prouille un convento con nueve monjas a las que había convertido de la herejía. Santo Domingo había predicado ya diez años en el Languedoc. Hasta entonces había portado el hábito de los Canónigos Regulares de San Agustín y observado su regla. Pero, deseaba reavivar el espíritu apóstolico, para eso proyectaba fundar un grupo de religiosos, que no serían necesariamente sacerdotes ni se dedicarían exclusivamente a la contemplación, como los monjes, sino que unirían a la contemplación el estudio de las ciencias sagradas y la práctica de los ministerios pastorales. Pocos meses más tarde, Santo Domingo acompañó al obispo al cuarto Concilio de Letrán. Hacia 1215, Inocencio III aprobó el convento de religiosas en Prouille y, verbalmente, la nueva fundación. 

Finalmente la nueva comunidad y sus constituciones fue aprobada por el sucesor de Inocencio III, Honorio III, en el año de 1216. Murió en Bolonia en 1221 y fue canonizado por
Gregorio IX (el cardenal Ugolino) que firmó el decreto de canonización de su amigo, Santo Domingo en 1234. Fue el fundador de la Congregación de los Dominicos.

jueves, 7 de agosto de 2014

CONOCE LA VIDA DE LOS SANTOS, HOY SAN CAYETANO, PRESBÍTERO. PATRONO DEL PAN Y DEL TRABAJO.

Nació en Vicenza el año 1480. Estudió derecho en Padua y, después de recibida la ordenación sacerdotal, instituyó en Roma la sociedad de Clérigos regulares o Teatinos, con el fin de promover el apostolado y la renovación espiritual del clero. Esta sociedad se propagó luego por el territorio de Venecia y el reino de Nápoles. San Cayetano se distinguió por su asiduidad en la oración y por la práctica de la caridad para con el prójimo.

Cayetano estudió 4 años en la Universidad de Padua donde se distinguió en la teología y se doctoró en derecho civil y canónico en 1504. Fue nombrado senador en Vicenza.
Estaba, sin embargo, decidido a seguir los estudios sacerdotales, y se trasladó a Roma en 1506. Decía que Dios le llamaba a realizar una gran obra. Al poco tiempo fue nombrado secretario privado del Papa Julio II. Ayudaba al Papa a escribir las cartas apostólicas. ésto le fue útil para conocer de cerca a cardenales y prelados.

El Papa murió en 1513 y Cayetano decidió no continuar en el cargo. Se preparó durante 3 años para ser sacerdote. Fue ordenado en 1516, a los 36 años. Celebró su primera misa quedando sobrecogido por el don del que no se consideraba digno.

Fundó en Roma la "Cofradía del Amor Divino", una asociación de clérigos que se dedicaba a promover la gloria de Dios. Tuvo su primera experiencia pastoral en la parroquia de Santa María de Malo, cerca de Vicenza; luego se dedicó a cuidar los santuarios esparcidos por el monte Soratte. Ingresó en el oratorio de San Jerónimo que tenía los mismos fines que la cofradía del Amor Divino, pero incluía a laicos pobres. Sus amigos se molestaron mucho por eso, porque consideraban que aquello era indigno para un hombre de gran alcurnia como él. A Cayetano no le importó, ayudaba y servía personalmente a los pobres y enfermos de la ciudad y atendía a los enfermos.

Cayetano se preocupaba mucho por el bien espiritual de su congregación. Solía decir: "En el oratorio rendimos a Dios el homenaje de la adoración, en el hospital le encontramos personalmente".

Fundó otro oratorio en Verona. Se trasladó a Venecia en 1520, siguiendo el consejo de su confesor, Juan Bautista de Crema, un dominico santo y prudente. Se alojó en el hospital de la ciudad y siguió la misma forma de vida. Se le consideraba fundador principal del hospital por todos los regalos que hizo. 
Implantó la bendición con el Santísimo Sacramento y promovió la comunión frecuente, en los 3 años que vivió en Venecia. Escribió: "No estaré satisfecho sino hasta que vea a los cristianos acercarse al Banquete Celestial con sencillez de niños hambrientos y gozosos, y no llenos de miedo y falsa vergüenza".

La cristiandad pasaba por un periodo de crisis. La corrupción debilitaba a la Iglesia. Cayetano era uno de los que más imploraban la verdadera reforma de vida y de costumbres dentro de la Iglesia. Repetía a menudo: "Cristo espera, ninguno se mueve".
San Cayetano regresó a Roma para hablar de la reforma con los miembros de la Cofradía del Amor Divino en 1523, en compañía del obispo de Teato Giampietro Carafa, de Bonifacio Colli y de Pablo Consiglieri. No solo predicó la reforma, sino la llevó a cabo fundando con sus tres compañeros una orden de Clérigos Regulares que tomasen como modelo la vida de los Apóstoles. La llamaron "Ordo Regularium Theatinorum" o Congregación de los Teatinos, y tenía como finalidad principal la renovación del clero.

Clemente VII aprobó la fundación el 14 de septiembre de 1524. Cayetano renunció a todos sus bienes. 
Los seguidores no eran muchos. A los 4 años, en 1527, cuando la orden tenía 12 miembros, el ejercito saqueó la ciudad, la casa fue destruida y ellos escaparon a Venecia. En 1530 San Cayetano sucedió a Carafa en el cargo de superior. Por su humildad, lo hace con renuencia.

Trabajó enérgicamente por la reforma del clero. Cayetano es enviado a Verona, donde recibió oposición a sus reformas.
Entonces viajó a Nápoles para fundar una casa de su orden. Recibió una casa donada por el conde de Oppido y rechazó otros terrenos. Alegando el conde que los napolitanos no eran tan ricos y generosos como los venecianos a los que San Cayetano le respondió:"Tal vez tengáis razón, pero Dios es el mismo en ambas ciudades. Dios está en Nápoles como en Venecia".

Fundó con el Beato Juan Marinoni los "Montes de Piedad" para liberar de la miseria a los pobres y marginados. Esta obra fue aprobada poco antes del Concilio de Letrán. En sus últimos años de vida abrió hospicios para ancianos y fundó hospitales.

Cayó enfermo en 1547. Los médicos le aconsejan poner un colchón sobre su cama de tablas, el respondió: "Mi salvador murió en la cruz; dejadme pues, morir también sobre un madero".Murió en Nápoles a la edad de 77 años, el domingo 7 de agosto de 1547.

Cayetano fue canonizado en 1671 después que la comisión encargada terminara de examinar rigurosamente los numerosos milagros.

miércoles, 6 de agosto de 2014

LA TRANSFIGURACIÓN DEL SEÑOR

Esta fiesta recuerda la escena en que Jesús, en la cima del monte Tabor, se apareció vestido de gloria, hablando con Moisés y Elías ante sus tres discípulos preferidos, Pedro, Juan y Santiago. La fiesta de la Transfiguración del Señor se venía celebrando desde muy antiguo en las iglesias de Oriente y Occidente, pero el papa Calixto III, en 1457 la extendió a toda la cristiandad para conmemorar la victoria que los cristianos obtuvieron en Belgrado, sobre Mahomet II, orgulloso conquistador de Constantinopla y enemigo del cristianismo, y cuya noticia llegó a Roma el 6 de agosto.

La Transfiguración del Señor
Jesús había anunciado a los suyos la inminencia de su Pasión y los sufrimientos que había de padecer a manos de los judíos y de los gentiles. Y los exhortó a que le siguieran por el camino de la cruz y del sacrificio (Mt 16, 24 ss). Pocos días después de estos sucesos, que habían tenido lugar en la región de Cesarea de Filipo, quiso confortar su fe, pues, -como enseña Santo Tomás- para que una persona ande rectamente por un camino es preciso que conozca antes, de algún modo el fin al que se dirige: “como el arquero no lanza con acierto la saeta si no mira primero al blanco al que la envía. Y esto es necesario sobre todo cuando la vía es áspera y difícil y el camino laborioso... Y por esto fue conveniente que manifestase a sus discípulos la gloria de su claridad, que es los mismo que transfigurarse, pues en esta claridad transfigurará a los suyos” (Sto. Tomás, Suma teológica).

Nuestra vida es un camino hacia el Cielo. Pero es una vía que pasa a través de la Cruz y del sacrificio. Hasta el último momento habremos de luchar contra corriente, y es posible que también llegue a nosotros la tentación de querer hacer compatible la entrega que nos pide el Señor con una vida fácil, como la de tantos que viven con el pensamiento puesto exclusivamente en las cosas materiales... “¡Pero no es así! El cristianismo no puede dispensarse de la cruz: la vida cristiana no es posible sin el peso fuerte y grande del deber... si tratásemos de quitarle ésto a nuestra vida, nos crearíamos ilusiones y debilitaríamos el cristianismo; lo habríamos transformado en una interpretación muelle y cómoda de la vida” (Pablo VI, Alocución 8-IV-1966). No es esa la senda que indicó el Señor.

Los discípulos quedarían profundamente desconcertados al presenciar los hechos de la Pasión. Por eso, el Señor condujo a tres de ellos, precisamente a los que debían acompañarle en su agonía de Getsemaní, a la cima del monte Tabor para que contemplaran su gloria. Allí se mostró “en la claridad soberana que quiso fuese visible para estos tres hombres, reflejando lo espiritual de una manera adecuada a la naturaleza humana. Pues, rodeados todavía de la carne mortal, era imposible que pudieran ver ni contemplar aquella inefable e inaccesible visión de la misma divinidad, que está reservada en la vida eterna para los limpios de corazón” (San León Magno, Homilía sobre la transfiguración), la que nos aguarda si procuramos ser fieles cada día.

También a nosotros quiere el Señor confortarnos con la esperanza del Cielo que nos aguarda, especialmente si alguna vez el camino se hace costoso y asoma el desaliento. Pensar en lo que nos aguarda nos ayudará a ser fuertes y a perseverar. No dejemos de traer a nuestra memoria el lugar que nuestro Padre Dios nos tiene preparado y al que nos encaminamos. Cada día que pasa nos acerca un poco más. El paso del tiempo para el cristiano no es, en modo alguno, una tragedia; acorta, por el contrario, el camino que hemos de recorrer para el abrazo definitivo con Dios: el encuentro tanto tiempo esperado.

Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a Juan, y los llevó a un monte alto, y se transfiguró ante ellos , de modo que su rostro se puso resplandeciente como el sol y sus vestidos blancos como la luz. En esto se le aparecieron Moisés y Elías hablando con Él (Mt 17, 1-3). Esta visión produjo en los Apóstoles una felicidad incontenible; Pedro la expresa con estas palabras: Señor, ¡qué bien estamos aquí!; si quieres haré aquí tres tiendas: una para Ti, otra para Moisés y otra para Elías (Mt 17, 4). Estaba tan contento que ni siquiera pensaba en sí mismo, ni en Santiago y Juan que le acompañaban. San Marcos, que recoge la catequesis del mismo San Pedro, añade que no sabía lo que decía (Mc 9, 6). Todavía estaba hablando cuando una nube resplandeciente los cubrió con y una voz desde la nube dijo: Éste es mi Hijo, el Amado, en quien tengo mis complacencias: escuchadle (Mt 17, 5).

El recuerdo de aquellos momentos junto al Señor en el Tabor fueron sin duda de gran ayuda en tantas circunstancias difíciles y dolorosas de la vida de los tres discípulos. San Pedro lo recordará hasta el final de sus días. En una de sus Cartas, dirigida a los primeros cristianos para confortarlos en un momento de dura persecución, afirma que ellos, los Apóstoles, no han dado a conocer a Jesucristo siguiendo fábulas llenas de ingenio, sino porque hemos sido testigos oculares de su majestad. En efecto Él fue honrado y glorificado por Dios Padre, cuando la sublime gloria le dirigió esta voz: Éste es mi Hijo, el Amado, en quien tengo mis complacencias. Y esta voz, venida del cielo, la oímos nosotros estando con Él en el monte santo (2 Pdr 1, 16-18). El Señor, momentáneamente, dejó entrever su divinidad, y los discípulos quedaron fuera de sí, llenos de una inmensa dicha, que llevarían en su alma toda la vida. “La transfiguración les revela a un Cristo que no se descubría en la vida de cada día. Está ante ellos como Alguien en quien se cumple la Alianza Antigua, y, sobre todo, como el Hijo elegido del Eterno Padre al que es preciso prestar fe absoluta y obediencia total” (Juan Pablo II, Homilía 27-II-1983), al que debemos buscar todos los días de nuestra existencia aquí en la tierra.

¿Qué será el Cielo que nos espera, donde contemplaremos, si somos fieles, a Cristo glorioso, no en un instante, sino en una eternidad sin fin?

Todavía estaba hablando, cuando una nube resplandeciente los cubrió y una voz desde la nube dijo: Éste es mi Hijo, el Amado, en quien tengo mis complacencias: escuchadle (Mt 17, 5). ¡Tantas veces le hemos oído en la intimidad de nuestro corazón!

El misterio que celebramos no sólo fue un signo y anticipo de la glorificación de Cristo, sino también de la nuestra, pues, como nos enseña San Pablo, el Espíritu da testimonio junto con nuestro espíritu de que somos hijos de Dios. Y si somos hijos también herederos: herederos de Dios, coherederos de Cristo; con tal que padezcamos con Él, para ser con Él también glorificados (Rom 8, 16-17). Y añade el Apóstol: Porque estoy convencido de que los padecimientos del tiempo presente no son comparables con la gloria futura que se ha de manifestar en nosotros (Rom 8, 18). Cualquier pequeño o gran sufrimiento que padezcamos por Cristo nada es si se mide con lo que nos espera. El Señor bendice con la Cruz, y especialmente cuando tiene dispuesto conceder bienes muy grandes. Si en alguna ocasión nos hace gustar con más intensidad su Cruz, es señal de que nos considera hijos predilectos. Pueden llegar el dolor físico, humillaciones, fracasos, contradicciones familiares... No es el momento entonces de quedarnos tristes, sino de acudir al Señor y experimentar su amor paternal y su consuelo. Nunca nos faltará su ayuda para convertir esos aparentes males en grandes bienes para nuestra alma y para toda la Iglesia. “No se lleva ya una cruz cualquiera, se descubre la Cruz de Cristo, con el consuelo de que se encarga el Redentor de soportar el peso” (J. Escrivá de Balaguer, “Amigos de Dios”). Él es, Amigo inseparable, quien lleva lo duro y lo difícil. Sin Él cualquier peso nos agobia.

Si nos mantenemos siempre cerca de Jesús, nada nos hará verdaderamente daño: ni la ruina económica, ni la cárcel, ni la enfermedad grave..., mucho menos las pequeñas contradicciones diarias que tienden a quitarnos la paz si no estamos alerta. El mismo San Pedro lo recordaba a los primeros cristianos: ¿quién os hará daño, si no pensáis más que en obrar bien? Pero si sucede que padecéis algo por amor a la justicia, sois bienaventurados (1Pdr 3, 13-14).

Pidamos a Nuestra Señora que sepamos ofrecer con paz el dolor y la fatiga que cada día trae consigo, con el pensamiento puesto en Jesús, que nos acompaña en esta vida y que nos espera, glorioso al final del camino. Y cuando llegue aquella hora en que se cierren mis ojos humanos, abridme otros, Señor, otros más grandes para contemplar vuestra faz inmensa. ¡Sea la muerte un mayor nacimiento! (J. Margall, Canto espiritual), el comienzo de una vida sin fin.

Fuente:
Extracto del libro “Hablar con Dios”, de Francisco Fernández-Carvajal
www.iglesia.org

martes, 5 de agosto de 2014

CONOCE LA VIDA DE LOS SANTOS, HOY SAN JUAN BAUTUSTA MARÍA VIANNEY,SANTO CURA DE ARS.

Cura de Ars, nacido en Dardilly, cerca de Lyon, Francia, el 8 de Mayo de 1786; muerto en Ars el 4 de Agosto de 1859.; hijo de Matthieu Vianney y Marie Beluze.

En 1806, el cura de Ecully, M. Balley, abrió una escuela para aspirantes a eclesiásticos, y Juan Bautista María Vianney fue enviado a ella. Aunque era de inteligencia mediana y sus maestros nunca parecen haber dudado de su vocación, sus conocimientos eran extremadamente limitados, limitándose a un poco de aritmética, historia, y geografía, y encontró el aprendizaje, especialmente el estudio del latín, excesivamente difícil. Uno de sus compañeros, Matthias Loras, después primer obispo de Dubuque, le ayudaba en sus lecciones de latín.

Pero ahora se presentó otro obstáculo. El joven Vianney fue llamado a filas, al haber obligado la guerra de España y la urgente necesidad de reclutas a Napoleón a retirar la exención que disfrutaban los estudiantes eclesiásticos en la diócesis de su tío, el Cardenal Fesch. Matthieu Vianney intentó sin éxito procurarse un sustituto, de modo que su hijo se vio obligado a incorporarse. Su regimiento pronto recibió la orden de marchar. La mañana de la partida, Juan Bautista María fue a la iglesia a rezar, y a su vuelta a los cuarteles encontró que sus camaradas se habían ido ya. Se le amenazó con un arresto, pero el capitán del reclutamiento creyó lo que contaba y lo mandó tras las tropas. A la caída de la noche se encontró con un joven que se ofreció a guiarle hasta sus compañeros, pero le condujo a Noes, donde algunos desertores se habían reunido. El alcalde le persuadió de que se quedara allí, bajo nombre supuesto, como maestro. Después de catorce meses, pudo comunicarse con su familia. Su padre se enfadó al saber que era un desertor y le ordenó que se entregara pero la cuestión fue solucionada por su hermano menor que se ofreció a servir en su lugar y fue aceptado.

Juan Bautista María Vianney reanudó entonces sus estudios en Ecully. En 1812 fue enviado al seminario de Verrieres; estaba tan mal en latín que se vio forzado a seguir el curso de filosofía en francés. Suspendió el examen de ingreso al seminario propiamente dicho, pero en un nuevo examen tres meses más tarde aprobó. El 13 de Agosto de 1815 fue ordenado sacerdote por Monseñor Simon, obispo de Grenoble. Sus dificultades en los estudios preparatorios parecen haberse debido a una falta de flexibilidad mental al tratar con la teoría como algo distinto de la práctica - una falta justificada por la insuficiencia de su primera escolarización, la avanzada edad a la que comenzó a estudiar, el hecho de no tener más que una inteligencia mediana, y que estuviera muy adelantado en ciencia espiritual y en la práctica de la virtud mucho antes de que llegara a estudiarla en abstracto. Fue enviado a Ecully como ayudante de M. Balley, quien fue el primero en reconocer y animar su vocación, que le instó a perseverar cuando los obstáculos en su camino le parecían insuperables, que intercedió ante los examinadores cuando suspendió el ingreso en el seminario mayor, y que era su modelo tanto como su preceptor y protector. En 1818, tras la muerte de M. Balley, Vianney fue hecho párroco de Ars, una aldea no muy lejos de Lyon. Fue en el ejercicio de las funciones de párroco en esta remota aldea francesa en las que el "cura de Ars" se hizo conocido en toda Francia y el mundo cristiano. Algunos años después de llegar a Ars, fundó una especie de orfanato para jóvenes desamparadas. Se le llamó "La Providencia" y fue el modelo de instituciones similares establecidas más tarde por toda Francia. El propio Vianney instruía a las niñas de "La Providencia" en el catecismo, y estas enseñanzas catequéticas llegaron a ser tan populares que al final se daban todos los días en la iglesia a grandes multitudes. "La Providencia" fue la obra favorita del "cura de Ars", pero, aunque tuvo éxito, fue cerrada en 1847, porque el santo cura pensaba que no estaba justificado mantenerla frente a la oposición de mucha buena gente. Su cierre fue una pesada prueba para él.

Pero la principal labor del Cura de Ars fue la dirección de almas. No llevaba mucho tiempo en Ars cuando la gente empezó a acudir a él de otras parroquias, luego de lugares distantes, más tarde de todas partes de Francia, y finalmente de otros países. Ya en 1835, su obispo le prohibió asistir a los retiros anuales del clero diocesano porque "las almas le esperaban allí". Durante los últimos diez años de su vida, pasó de dieciséis a dieciocho horas diarias en el confesionario. Su consejo era buscado por obispos, sacerdotes, religiosos, jóvenes y mujeres con dudas sobre su vocación, pecadores, personas con toda clase de dificultades y enfermos. En 1855, el número de peregrinos había alcanzado los veinte mil al año. Las personas más distinguidas visitaban Ars con la finalidad de ver al santo cura y oír su enseñanza cotidiana. El Venerable Padre Colin se ordenó diácono al mismo tiempo, y fue su amigo de toda la vida, mientras que la Madre Marie de la Providence fundaba las hermanas auxiliadoras de las ánimas del purgatorio por su consejo y con su constante aliento. Su dirección se caracterizaba por el sentido común, su notable perspicacia, y conocimiento sobrenatural. A veces adivinaba pecados no revelados en una confesión imperfecta. Sus instrucciones se daban en lenguaje sencillo, lleno de imágenes sacadas de la vida diaria y de escenas campestres, pero que respiraban fe y ese amor de Dios que era su principio vital y que infundía en su audiencia tanto por su modo de comportarse y apariencia como por sus palabras, pues al final, su voz era casi inaudible.
Los milagros registrados por sus biógrafos son de tres clases:
  • En primer lugar, la obtención de dineropara sus limosnas y alimento para sus huérfanos.
  • En segundo lugar, conocimiento sobrenatural del pasado y del futuro.
  • En tercer lugar, curación de enfermos, especialmente niños.
El mayor milagro de todos fue su vida. Practicó la mortificación desde su primera juventud, y durante cuarenta años su alimentación y su descanso fueron insuficientes, humanamente hablando, para mantener su vida. Y aun así, trabajaba incesantemente, con inagotable humildad, amabilidad, paciencia, y buen humor, hasta que tuvo más de setenta y tres años.

El 3 de Octubre de 1874 Juan Bautista María Vianney fue proclamado Venerable por Pío IX y el 8 de Enero de 1905, fue inscrito entre los Beatos. El Papa Pío X lo propuso como modelo para el clero parroquial.

En 1925, el Papa Pío XI lo canonizó. Su fiesta se celebra el 4 de Agosto

lunes, 4 de agosto de 2014

XVIIIº DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO. CICLO A

Celebramos hoy el XVIIIº Domingo del Tiempo Ordinario, y nuestro camino litúrgico continúa. Jesús nos regala la multiplicación de los panes y de los peces. Y que Él, en sí mismo es: regalo, entrega, alimento, seguridad. Es todo misericordia. ¿Cómo recibimos nosotros el amor de Dios? Pues sería, hoy, el mejor momento para tomar conciencia de cómo anidan, bondad y amor, en nuestro corazón. Hemos de ponernos en su presencia con humildad, hoy y a toda hora, para pedirle que nos haga ver nuestro egoísmo, nuestra falta de solidaridad para con los hermanos. Es tiempo de rectificar, es tiempo de cambiar.

Descubrir a Cristo conlleva el verle en el grito de los más pobres, en el grito de los hambrientos. Las lecturas de hoy nos indican que, a Jesús, se le puede encontrar en nuestra generosidad. Mejor dicho; a Jesús, algunas personas –con hambre espiritual o material- pueden encontrarlo en nuestras actitudes. En nuestra forma de comportarnos con ellos. 

En la Primera Lectura (Is 55, 1-3) el profeta, que descubre a su pueblo en el destierro y que tiene hambre y sed, utilizando la imagen de un vendedor ambulante con una mercancía valiosa, dada su vital necesidad, anuncia un mensaje de vida y de esperanza de parte de Dios. Es la salvación que se acerca y que comprende todos los bienes. Por eso, invita a vivir en fidelidad a la Alianza. 
El Salmo (144) " Abres tú la mano Señor, y nos sacias de favores" demuestra que la idea del Reino de Dios ya estaba entre los judíos, aunque sin definir completamente. Iba a ser Jesús de Nazaret quien definiría el Reino y anunciara su proximidad. A nosotros, hoy, la proclamación de este salmo nos sirve para afirmar la existencia de ese Reino en nosotros.

En la Segunda Lectura (Rom 8, 35. 37-39) el apóstol Pablo recuerda a la comunidad de Roma las realidades que ponen en peligro el don de la salvación, realidades capaces de apartarnos del amor de Dios, manifestado plenamente en su Hijo. Por eso, nos dirá el apóstol, que nadie podrá apartarnos de ese amor salvador si estamos unidos a Él.

En el Evangelio (Mt 14, 13-21) los discípulos estimando que no hay suficiente para todos, piensan que el problema del hambre se resolverá haciendo que la muchedumbre compre comida. A ese “comprar”, Jesús contrapone el “dar” generoso y gratuito: “Dadle vosotros de comer”. Por eso, coge todas las provisiones que hay en el grupo y pronuncia las palabras de acción de gracias e invita a repartirlo entre todos. Y llega para todos, es este el milagro de la multiplicación. Cuando se comparte, se produce el milagro.

 Uno de los males de nuestra sociedad es que, cada uno, busca su propio interés. Pensemos un poco en lo qué hacemos los que estamos aquí. Hoy, el Señor, nos viene a decir que donde hay fe, todo se multiplica, todo es posible y, sobre todo, donde hay fe todos estamos llamados a volcarnos para que los demás puedan comer o tener lo imprescindible para vivir. Que este encuentro sea una pesca milagrosa para nosotros: el Señor nos ayudará a ser más felices. Que este encuentro sea un pan multiplicado: el Señor se hace presente en el altar para alimentarnos.


SEÑOR; ¿CÓMO LO HAGO?
Cómo multiplicarme sin riesgo de quedar 
arruinado por el intento.
Cómo llegar, donde los poderosos, 
nunca soñaron con llegar hacerlo.
Cómo compartir y repartir lo que, 
en mí, sobra y no es necesario.
¡Ya lo sé, mi Señor! 
Sólo, mirándote a Ti, sólo, siguiéndote a Ti,
sólo, escuchándote a Ti, encontraré 
la respuesta en mi camino:
Donde hay fe, donde está Dios, 
donde vive Cristo, donde habla el Espíritu…
todo se multiplica por cien…o por mil.
AMEN

viernes, 1 de agosto de 2014

AYUDA A EMBELLECER TU PARROQUIA


Saludos de vuestro párroco. 

Me dirijo a vosotros,en primer lugar, para daros las gracias a

todos los que con vuestra colaboración estáis ayudando a restaurar y pintar nuestra Iglesia de Santa María Micaela, de La Bajadilla.

Como sabéis y podéis ver en las siguientes fotos, estamos prosiguiendo, en la medida de nuestras posibilidades,con las labores de pintura y restauración de nuestra Parroquia, por la Calle Gerona.




Aún queda por hacer,por esto mismo, me dirijo una vez más a todos los que leéis este blog, para hacer de nuevo un llamamiento tanto a los que ya colaboran como a aquellos que quieran colaborar en la misión de seguir poniendo bella nuestra parroquia. Sin la ayuda de todos es imposible, un poco de muchos hace posible un mucho para todos.


Existen varias maneras de colaborar:
  • Dejando su donativo en el buzón de donativos de la misma Parroquia.                                                                                                                                    
  • Haciendo un ingreso en la cuenta de la Parroquia en “La Caixa”: 
              2100 8587 92 22 00038944 

Gracias por vuestra colaboración de antemano, sin vuestra ayuda nada de esto podría ser posible.

Muchas gracias, Dios os bendiga.

D. Carlos Giménez Albiach (Párroco Sta. Mª Micaela)